No 1 Reflexiones frente al mar de un viejo sabio.

En una playa solitaria, donde las olas enlazaban su perpetua danza con la arena, se sentaba Nereus, el viejo sabio. Su rostro arado por los años y las mareas de la vida era un mapa de experiencias y cicatrices. Pero en sus ojos brillaba la luz iridiscente de la sabiduría.

Cada atardecer, cuando el sol moribundo incendiaba el horizonte marino con sus últimos resplandores, el anciano se instalaba en su añoso tronco de madera para contemplar el espectáculo imperecedero. Y en esos momentos de plácida quietud, dejaba que las verdades esenciales de la existencia fluyeran desde su corazón como un manantial inagotable.

Al arrullo de las olas rompientes, sus palabras bañaban la playa de eternidad. "No es pobre el que tiene poco", decía Nereus con su grave voz de algas y mar profundo. "Sino aquel que mucho desea. Porque el anhelo insaciable sólo trae consigo la aridez del espíritu. Pero el alma agraciada con el don de la humildad rebosa de contento, hallando belleza hasta en el más nimio guijarro."

Las noches de luna llena eran sus momentos predilectos para explayarse en las enseñanzas de la existencia. Cuando los astros nocturnos desgranaban su fulgor de perlas sobre las olas plácidas, el anciano pescador parecía entrar en un trance reverente.

"Contemplad la imponente majestad de este océano interminable", susurraba Nereus con voz cargada de unción. "Cuánta belleza indómita en su perpetuo ir y venir, en su vaivén acompasado más antiguo que los primeros seres que lo admiraron. Sus aguas desbordan de serenidad y asombro, siempre fieles a la perfección del movimiento cíclico."

Sus manos se hundían en la fría arena humedecida por la espuma, acariciando los diminutos granos como si fueran gemas preciosas. "Sin embargo, bajo esa majestuosidad aparente, cada gota marina es un mundo en sí mismo. Un cosmos abigarrado de misterios e infinitas complejidades imperceptibles a nuestros ojos limitados. No te dejes engañar por las apariencias, pues en lo más pequeño y sencillo residen los mayores prodigios."

Con la mirada fija en el lento danzar de las olas bajo el influjo lunar, el viejo Nereus dejaba fluir las verdades como quien vierte el más añejo y dulce de los vinos:

"El arte supremo no radica en acumular saberes complejos, sino en la capacidad de asombrarse. De contemplar con ojos nuevos cada amanecer, cada brisa matinal, cada hojita que se mece en la rama...Así es como nos reconectamos con el latido primordial de la existencia."

Sus palabras se deshacían en el murmullo del oleaje, sembrando semillas de infinito en las playas del alma. Cada frase, un guijarro pulido por las olas del tiempo para revelarnos verdades profundas...

*Sus canas eran blancas como la espuma de las olas que acariciaban la playa, y sin embargo su mirada tenía la vivacidad de un mar en calma. Era como si sus ojos fueran portales hacia vastas dimensiones de conocimiento antiguo.

En las mañanas cristalinas, cuando el cielo inmaculado anunciaba la llegada del sol naciente, Nereus se remontaba a los albores del mundo con sus palabras cargadas de poesía primigenia:

"Antes de que el primer amanecer incendiara los horizontes, antes de que las primeras estrellas rociaran su luz sobre el lienzo oscuro del cosmos, la Fuente de Todo Ya existía en un sueño infinito de posibilidades. De ese sueño sin sueños brotó el gran estallido de la creación, un respiro divino que insuflado por el Anhelo ingenió los mares, las montañas y los cielos".

Mientras las primeras luces del alba incendiaban las playas con tonos anaranjados y rosados, el anciano levantaba sus brazos temblorosos como queriendo fundirse con la magnificencia del naciente día.

"De la nada surgió el Todo, y ese Todo contenía a la nada en su entraña. Un círculo infinito, una danza cósmica en la que nada comienza ni termina, sino que simplemente es. Así es la esencia de la existencia: pura presencia eterna fluyendo, transformándose de sí misma en sí misma."

Sus palabras fluían entonces como las olas que lamían cadenciosamente la arena, arrastrando y devolviendo con cada subida y bajada las pequeñas piedras pulidas.

"Esos guijarros son heraldos de la verdad eterna - decía Nereus con voz grave - Al serles arrebatadas sus aristas por la paciente labor del agua, se desprenden de lo superfluo hasta alcanzar la perfección de las formas suaves, las líneas puras. Así hemos de hacer en nuestro camino interior: desgastarnos poco a poco de todo lo innecesario, hasta que nuestras almas sean guijarros transparentes donde se refleje la única realidad imperecedera."

Bajo el fulgor vespertino o los plateados rayos de luna, sobre la playa siempre resonaban los ecos de las enseñanzas del sabio pescador. Como faros encendidos para orientar nuestros pasos de vuelta al hogar cósmico, sus palabras acariciaban las dunas del espíritu, recordándonos nuestra esencia eterna y nuestra conexión profunda con los misterios de la creación.


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